Tragedia de San Cristóbal: cuando la crueldad es moda

Tal vez, agobiado por una rutina hostil dentro de su escuela, un joven tomó la peor de las decisiones. Una que nunca debió ocurrir, pero que también interpela a quienes debían cuidar, contener y actuar a tiempo.

Se podría haber evitado. Esa es la idea que atraviesa a muchos de los que quedamos conmovidos por el estremecedor caso del adolescente que abrió fuego contra sus compañeros y terminó con la vida de uno de ellos en un colegio de San Cristóbal, Santa Fe.

Los testimonios y la viralización de un video dieron cuenta de que el joven sufría bullying en su escuela —aunque algunos lo desmienten. Tal vez, agobiado por una rutina hostil dentro del establecimiento, tomó en un día fatídico la peor de las decisiones. Una decisión que nunca debió ocurrir, pero que también interpela a quienes debían cuidar, contener y actuar a tiempo.

Cuando la crueldad se vuelve tendencia, no sorprende que prácticas como el bullying resurjan con fuerza. Como sociedad, habíamos logrado identificar este problema y, en algún punto, coincidíamos en la necesidad de erradicarlo. Sin embargo, en los últimos años irrumpió un discurso que banaliza estas situaciones: el de la “generación de cristal” y la idea de que “superar el bullying” forma personas más fuertes, adultas y funcionales.

Afirmaciones sin sustento, sin evidencia, sostenidas únicamente en creencias naturalizadas: “siempre fue así”. Pero no, nunca estuvo bien: ni antes, ni ahora, ni nunca. Y, en todo caso, se trata de una experiencia individual, que ignora que no todas las personas pueden atravesar esas situaciones de la misma manera.

El problema se agrava cuando esa crueldad, amplificada en redes sociales, se traslada a la vida cotidiana y, peor aún, es legitimada por algunos de nuestros dirigentes. Podemos discutir modelos económicos, el rumbo de un país o distintas leyes. Pero que el bullying está mal y puede causar daños irreparables debería ser un consenso básico.

Hoy, el joven deberá enfrentar las consecuencias de sus actos. Lo hecho, hecho está. Pero sería un error quedarnos solo en la condena individual. Como sociedad —padres, madres, educadores, dirigentes y ciudadanos— debemos revisar cómo estamos formando a nuestros hijos, qué valores estamos transmitiendo y qué estamos tolerando.

Porque mientras sigamos poniendo parches, reaccionando en lugar de prevenir, las tragedias seguirán repitiéndose. Y entonces sí, terminaremos comprobando —demasiado tarde— que en la ley del ojo por ojo, todos acabamos tuertos.

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